¡Dejemos que los niños y las niñas jueguen como quieran!

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August 7, 2026

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En los últimos días, la experiencia de Alan, un niño de tres años que parece mostrar mayor interés por los juguetes tradicionalmente asociados a las niñas que por aquellos considerados propios de los niños, ha reavivado un debate de especial relevancia sobre la cuestión del género. La discusión alcanzó los más altos niveles de la comunidad pediátrica, impulsando la elaboración de una guía que rápidamente suscitó una intensa controversia incluso entre los propios pediatras. El documento fue posteriormente retirado tras ser calificado por algunos de ideológicamente sesgado y por otros de excesivamente superficial, especialmente debido a la ausencia de referencias a evidencia científica sólidamente acreditada. Para entonces, sin embargo, el debate ya había llegado al Parlamento, dando lugar a diversas interpelaciones de carácter concreto. La oportuna intervención de la Defensora de los Derechos de la Infancia y la Adolescencia, Marina Terragni, contribuyó sin duda a reducir el tono de la polémica y a moderar las acusaciones cruzadas. No obstante, la cuestión de fondo permanece abierta y merece una reflexión detenida por las múltiples implicaciones que plantea.Paola Binetti sitúa el problema en dos planos. El primero es clínico y cultural: la vieja costumbre de usar las preferencias de juego de un niño de tres años como indicador de identidad sexual le parece, en sí misma, una lectura desproporcionada de la experiencia infantil cotidiana. El segundo es el efecto que estas categorizaciones tienen sobre las familias: la ansiedad de los padres ante la elección de juguetes de un hijo, hasta el punto de consultar al pediatra preguntando si el niño es “normal”.

La primera cuestión se refiere precisamente al mundo de la infancia y del juego, reabriendo el antiguo debate entre los llamados «juguetes para niños» y «juguetes para niñas», utilizados en ocasiones como criterio para atribuir una determinada identidad sexual en función del tipo de juego que un niño elige a los tres años de edad. La segunda cuestión tiene que ver con la ansiedad que la elección de esos juegos puede generar en los padres, hasta el punto de llevarlos a consultar al pediatra, preguntándose si su hijo es «normal» o no. Un interrogante que, por sí mismo, resulta claramente desproporcionado cuando se sitúa en el contexto de la experiencia cotidiana del juego propia de un niño pequeño.

La Sociedad Italiana de Pediatría (SIP) y la Asociación Cultural de Pediatras (ACP) titularon su guía Más allá de la mirada. Guía práctica sobre la variancia de género, las orientaciones sexuales y la homoparentalidad para una consulta pediátrica acogedora. No resulta sencillo comprender qué significa realmente la expresión más allá de la mirada cuando se prescinde de la experiencia concreta y cotidiana de la realidad, de aquello que efectivamente se conoce precisamente a partir de esa mirada clínica que constituye el punto de partida para el diálogo y una reflexión compartida. La mirada nos devuelve el sentido de lo real; más allá de ella resulta fácil deslizarse hacia la ideología de teorías abstractas. Del mismo modo, resulta inconcebible una pediatría que no sea acogedora e inclusiva, en la que cada niño ocupe su lugar conforme a sus características propias, a su salud y a su enfermedad. No puede haber discriminación alguna, porque cada síntoma forma parte del lenguaje concreto que sustenta el diálogo entre el médico y el pequeño paciente. Una pediatría que no sea inclusiva deja de ser verdadera pediatría. Precisamente por ello, debe evitar aquellas categorizaciones que, al crear clases y divisiones, aceptando determinados síntomas o comportamientos y rechazando otros, terminan haciendo que los propios niños se perciban como «normales» o «anormales». La ansiedad de los padres y la excesiva rapidez con la que algunos pediatras colocan etiquetas y programan intervenciones corren el riesgo de privar al desarrollo natural de la infancia de su espontaneidad y frescura, encorsetándolo en estereotipos extraordinariamente difíciles de superar.

En esta ocasión, llamó la atención la ausencia de una voz activa, positiva y propositiva por parte del ámbito escolar, pese a que las escuelas también habían sido involucradas en el debate a raíz de la posibilidad de recurrir de forma inmediata a las denominadas carreras alias. Bajo este planteamiento, Alan —el niño de tres años cuyo caso dio origen a este intenso debate psicopedagógico sobre la identidad sexual— habría pasado a llamarse Anna, posiblemente vestiría como una niña, utilizaría el baño femenino y sería incorporado a los grupos de niñas, incluso en las actividades deportivas. De este modo, Alan-Anna se convertiría en un caso de «variancia de género», despertando inevitablemente la atención y la curiosidad de sus compañeros y situándose en el centro de un interés que, según la autora, debería orientarse hacia otros aspectos propios de su vida infantil. La controversia suscitada en los últimos días alcanzó tal magnitud que el Instituto Superior de Sanidad de Italia (Istituto Superiore di Sanità), sede también del Centro de Medicina de Género, consideró necesario aclarar que, contrariamente a lo anunciado con anterioridad, no estaba prevista ninguna presentación de la Guía durante el congreso de la ACP programado para el próximo 5 de noviembre.

Lo que, en cualquier caso, resulta especialmente inquietante en este episodio es que la Guía hiciera referencia, en su versión inicial, a los Standards of Care de la WPATH, así como a los criterios de otras organizaciones transgénero y LGBTQIA+, mientras en los Estados Unidos se encuentra en curso una acción judicial promovida por la Comisión Federal de Comercio (Federal Trade Commission), que acusa a la WPATH de haber realizado afirmaciones falsas o insuficientemente respaldadas por evidencia en relación con el tratamiento de menores. Según la autora, los documentos conocidos como los WPATH Files no ofrecen garantías suficientes de rigor científico, garantías de las que una sociedad científica como la Sociedad Italiana de Pediatría (SIP) no puede prescindir y respecto de las cuales, tradicionalmente, ha mantenido criterios de evaluación mucho más exigentes. A ello se suma que continúa muy presente el denominado «escándalo» del Gender Identity Development Service (GIDS) de la Clínica Tavistock de Londres, tras las graves acusaciones de superficialidad en la atención de menores con disforia de género. Como consecuencia de denuncias e investigaciones oficiales, el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS) cerró dicha clínica en marzo de 2024. No transformemos el placer de jugar a los tres años en una prueba clínica. Y, sobre todo, no forcemos su interpretación desde una perspectiva ideológica o instrumental.

Contributors

Paola Binetti

Política, psiquiatra y académica italiana