Liderazgo
Cultura
Ensayo Académico

Una era que necesita más humanidad

August 6, 2026

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La verdadera pregunta no es tecnológica

Estas reflexiones tienen para mí un origen profundamente personal. Nacieron de una conferencia que tuve el honor de ofrecer a la comunidad académica de Seton Hall University, en Nueva Jersey, en enero de 2026. Aquella conversación partía de una inquietud muy sencilla: antes de preguntarnos qué puede hacer la inteligencia artificial, debemos preguntarnos qué está haciendo con nuestra atención, nuestro carácter, nuestras relaciones y nuestra capacidad de decidir.

Meses después, esa inquietud adquirió una nueva profundidad con la publicación de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, firmada el 15 de mayo de 2026 y dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El Papa formula allí un llamado que atraviesa toda esta nota: ante el riesgo de nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber de “permanecer profundamente humanos”.[5]

Esa afirmación cambia el punto de partida. La discusión sobre inteligencia artificial no puede reducirse a la productividad, la competencia o la velocidad de innovación. Debe comenzar por la persona. Toda tecnología funciona como un espejo y como un amplificador: refleja deseos, multiplica hábitos y acelera tendencias que ya existen. Puede fortalecer el aprendizaje o reemplazarlo; facilitar vínculos o convertir la soledad en un mercado; democratizar oportunidades o reproducir exclusiones; ampliar la creatividad o normalizar la apropiación sin responsabilidad.

El desafío es antropológico. Afecta nuestra comprensión de la libertad, la inteligencia, las relaciones, la verdad y la dignidad. En un entorno capaz de producir argumentos, simular emociones y reproducir voces y rostros, preservar lo humano exige mucho más que aprender a utilizar una herramienta. Exige criterio, carácter y la voluntad firme de no delegar la conciencia.

Ética y valores: del discurso a la decisión

Desde aquella conferencia en Seton Hall continué investigando una cuestión que se vuelve cada día más urgente: cómo los contenidos generados por inteligencia artificial pueden debilitar nuestra capacidad de reconocer la verdad, confiar unos en otros y construir comunidad. Este tema afecta la educación, la política, el trabajo, la reputación de las personas y las relaciones familiares.

En este contexto, la ética puede entenderse como la búsqueda disciplinada del bien aplicada a las decisiones. No consiste solamente en conocer reglas, sino en discernir qué debemos hacer, por qué debemos hacerlo, qué valores están en juego y quiénes serán afectados por nuestras elecciones. Los valores, por su parte, son los bienes que consideramos dignos de proteger, perseguir y honrar: la verdad, la justicia, la libertad, la dignidad, la solidaridad, la privacidad, la creatividad y el cuidado de los más vulnerables.

Los valores no existen únicamente en las declaraciones institucionales. Se hacen visibles en las prácticas: en los datos que entregamos, los contenidos que compartimos, las herramientas que usamos, los sistemas que diseñamos, los criterios que usamos para evaluar a una persona y los límites que estamos dispuestos a establecer. En la era de la inteligencia artificial, nuestras decisiones tecnológicas también son decisiones morales.

Del “Llamado de Roma (Rome Call)” a las decisiones concretas

Uno de los antecedentes más importantes que suelo citar en mis conferencias es el “Rome Call for AI Ethics”, presentado en Roma el 28 de febrero de 2020 por iniciativa de la Pontificia Academia para la Vida. Sus primeros firmantes fueron Microsoft, IBM, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura —FAO— y el Ministerio de Innovación del Gobierno italiano. Desde su origen, no fue una propuesta exclusivamente religiosa ni un documento reservado a especialistas. Reunió a la Iglesia, empresas tecnológicas, organismos internacionales y gobiernos alrededor de una responsabilidad compartida.[1]

El papa Francisco comprendió tempranamente que el desarrollo de la inteligencia artificial no podía quedar guiado solamente por la competencia económica o por aquello que fuera técnicamente posible. En su discurso ante el G7 de 2024, respaldó el Rome Call como una plataforma global y plural para una “algorética”: una ética aplicada al diseño y al uso de los algoritmos. También insistió en que debe preservarse un espacio de control humano significativo sobre las decisiones automatizadas, porque está en juego la dignidad humana.[2]

Para quienes ejercemos responsabilidades de liderazgo, conocer este marco es fundamental. Un líder no necesita saber programar, pero sí debe poder preguntar qué hace un sistema, con qué datos trabaja, a quién beneficia, quién puede resultar perjudicado y quién responderá cuando algo salga mal. Los seis principios del Rome Call permiten transformar esas inquietudes en una guía práctica.

  • Transparencia: ¿Podemos comprender, explicar y cuestionar lo que el sistema hace?
  • Inclusión: ¿Quién participa, quién queda fuera y a quién no estamos escuchando?
  • Responsabilidad: ¿Quién responde cuando una decisión automatizada causa daño?
  • Imparcialidad: ¿El sistema reproduce prejuicios o trata a las personas con justicia?
  • Confiabilidad: ¿La herramienta funciona de manera consistente y segura?
  • Seguridad y privacidad: ¿Cómo protegemos la identidad, los datos y la intimidad de las personas?

Estos principios hablan de sistemas, pero sobre todo hablan de verdad, justicia, confianza, poder y protección de las personas. La tabla no pretende ofrecer respuestas automáticas. Su función es obligarnos a detenernos antes de adoptar una herramienta o delegar una decisión, y recordar que detrás de cada dato hay una vida humana.

¿Qué aporta el liderazgo de las mujeres?

La ética de la inteligencia artificial necesita la participación plena de las mujeres en los espacios donde se diseñan productos, se financian proyectos, se establecen políticas, se crean contenidos y se definen prioridades. No alcanza con que las mujeres utilicemos las herramientas que otros desarrollan. Necesitamos estar presentes allí donde se decide para qué existirán, qué límites tendrán y qué idea de persona expresarán.

Las mujeres hemos sostenido históricamente una parte fundamental del cuidado de la vida, de los hijos, de las familias y de las comunidades. Esa experiencia no debe convertirse en una carga exclusiva ni en un estereotipo. Tampoco significa que todas las mujeres vivan del mismo modo o aporten una sensibilidad idéntica. Significa, más bien, que muchas de nuestras experiencias permiten introducir preguntas que el entusiasmo tecnológico suele olvidar: ¿qué ocurre con la persona más vulnerable?, ¿qué trabajo invisible no está siendo reconocido?, ¿cómo afecta una decisión a la vida cotidiana, a la autonomía, a la confianza y a los vínculos?

El liderazgo femenino puede enriquecer la transformación tecnológica cuando integra competencia y conciencia, innovación y cuidado, ambición y responsabilidad. Su aporte no consiste en frenar el progreso, sino en ampliar la definición de éxito. Una solución no es verdaderamente exitosa si ahorra dinero, pero destruye confianza; si aumenta la productividad, pero excluye; si personaliza una experiencia, pero manipula; o si conecta a millones de personas, pero las deja más solas.

Por eso, la presencia de las mujeres no debe limitarse a ocupar una silla en la mesa. Debe contribuir a cambiar las preguntas que se hacen en esa mesa. Liderar en este tiempo significa ayudar a que la tecnología comprenda —a través de las decisiones humanas que la orientan— que la eficiencia no es el único valor y que ninguna innovación puede considerarse buena si debilita la dignidad de las personas.

Cinco tensiones para liderar con discernimiento

La inteligencia artificial no nos obliga simplemente a elegir entre usarla o rechazarla. Esa sería una discusión demasiado fácil. El verdadero desafío aparece cuando una herramienta ofrece una ventaja concreta —rapidez, comodidad, alcance o personalización—, pero al mismo tiempo puede debilitar algo que también valoramos: el criterio propio, la creatividad, la justicia, la libertad o la calidad de nuestros vínculos.

Necesitamos discernimiento no para desconfiar de todo avance, sino para mirar más allá del beneficio inmediato. Muchas decisiones tecnológicas parecen pequeñas o puramente prácticas, pero terminan influyendo en la manera en que aprendemos, trabajamos, cuidamos, educamos y ejercemos el liderazgo. Las cinco tensiones que siguen plantean una misma pregunta: ¿cómo aprovechar la tecnología sin permitir que sustituya aquello que nos forma y nos hace verdaderamente humanos?

La inteligencia artificial puede ahorrar tiempo, reducir tareas repetitivas y simplificar procesos. Esa es una oportunidad real. Pero no toda dificultad es inútil ni todo esfuerzo debe desaparecer. Hay procesos que forman paciencia, criterio, disciplina, creatividad y madurez. Una líder debe distinguir entre automatizar aquello que desgasta sin aportar valor y eliminar, sin advertirlo, las experiencias que ayudan a una persona a crecer.

La pregunta de liderazgo es concreta: ¿esta herramienta libera tiempo para pensar y servir mejor, o está reemplazando el esfuerzo necesario para aprender, crear y asumir responsabilidad?

La inteligencia artificial puede ser una gran aliada para explorar ideas, investigar, ordenar información o preparar un primer borrador. Pero crear no es solamente producir algo nuevo. También supone autoría, esfuerzo, responsabilidad y reconocimiento. Presentar como propio un contenido que no expresa nuestro pensamiento, o utilizar el trabajo de otros sin dar crédito, debilita la integridad y termina empobreciendo nuestra propia voz.

La pregunta de liderazgo es: ¿estamos usando la tecnología para ampliar una voz humana auténtica o para ocultar que esa voz ya no está presente?

Y llegamos finalmente a otro hecho significativo de nuestra era que sucedió este año. La presentación de la primera encíclica del Papa León XIV en mayo 2026: Magnifica Humanitas. Para muchos de nosotros investigadores de Inteligencia Artificial, fue especialmente conmovedor descubrir como el papa León nos convocaba a todos a pensar (al igual que hizo su antecesor León XIII a fines del S XIX) de qué manera somos protagonistas de hechos trascendentales, de una nueva revolución en pleno siglo XXI.

La encíclica Magnifica Humanitas nos invita a medir el progreso no solamente por la velocidad de las máquinas o por la cantidad de tareas que pueden automatizarse, sino por su contribución a una sociedad más humana y fraterna.[5] Esta medida se vuelve especialmente urgente frente a la expansión de contenidos sintéticos. La inteligencia artificial generativa puede producir textos, imágenes, voces y videos convincentes en pocos segundos. Esa capacidad amplía la creatividad, pero también hace más frágil la confianza.

Cuando una falsedad resulta más barata y rápida que su verificación, la verdad se vuelve incómoda. Cuando una teoría se presenta con apariencia de evidencia, una fotografía puede fabricarse y una voz puede clonarse, ya no basta con “ver para creer”. Las noticias falsas, los montajes y los videos manipulados no sólo confunden. Pueden destruir reputaciones, profundizar divisiones, influir en elecciones, dañar familias y hacer que una sociedad pierda la confianza en toda fuente de información, incluso en las verdaderas.

En este punto, el aporte de las mujeres vuelve a ser decisivo. Quienes lideramos, educamos, comunicamos, acompañamos familias o sostenemos comunidades estamos llamadas a proteger no sólo la información correcta, sino las relaciones de confianza que permiten vivir juntos. Cuidar la humanidad también significa cuidar la verdad: resistir el impulso de compartir aquello que confirma nuestros prejuicios, detener una cadena de indignación y pensar en el daño que un contenido puede causar antes de amplificarlo.

El mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2026 resume esta disciplina con una invitación directa: “No renunciar al pensamiento propio”. El Papa advierte que el desafío no es solamente tecnológico, sino antropológico, porque al delegar el esfuerzo de pensar corremos el riesgo de convertirnos en consumidores pasivos de contenidos que otros producen y seleccionan por nosotros.[4]

Una disciplina básica antes de compartir cualquier contenido dudoso:

  • Detenerse: no reaccionar bajo el impulso del miedo o la indignación.
  • Verificar: buscar la fuente original y contrastar con medios o documentos confiables.
  • Contextualizar: comprobar fecha, lugar, edición y propósito del contenido.
  • Medir el daño: preguntarse a quién puede perjudicar una difusión apresurada.
  • Decidir con responsabilidad: no compartir cuando no existen elementos suficientes para confiar.

En un mundo de respuestas instantáneas, el discernimiento puede parecer lento. Precisamente por eso se convierte en una forma de resistencia y de liderazgo. Pensar supone detenerse, contrastar, reconocer límites y asumir responsabilidad. No es una actitud defensiva frente a la tecnología. Es la condición para usarla sin entregar nuestra libertad.

Conclusión: una agenda para mujeres que lideran

La inteligencia artificial no es una conversación sobre un futuro lejano. Ya está presente en las aulas, los hospitales, las empresas, los gobiernos, los hogares y las relaciones personales. Está modificando la manera en que trabajamos, aprendemos, informamos, contratamos, educamos y tomamos decisiones. Aunque muchas de estas decisiones se presenten como puramente técnicas, en realidad están definiendo qué entendemos por progreso, qué lugar damos a la persona y qué estamos dispuestos a sacrificar en nombre de la velocidad o la eficiencia.

Por eso, las mujeres no podemos permanecer como espectadoras de esta transformación. Tampoco alcanza con aprender a utilizar las nuevas herramientas o adaptarnos a cambios diseñados por otros. Necesitamos estar presentes allí donde se deciden sus objetivos, sus reglas y sus límites. La construcción de una inteligencia artificial al servicio de la humanidad requiere mujeres capaces de tender puentes entre la tecnología y la vida concreta; entre la empresa, la política, la educación, la comunicación, la familia y la comunidad.

Esta agenda puede comenzar con siete compromisos concretos:

  1. Formarnos. Comprender los conceptos básicos de datos, entrenamiento, sesgo, probabilidad, privacidad y límites de los modelos. No es necesario convertirse en especialista, pero sí adquirir el conocimiento suficiente para no delegar decisiones importantes en quienes dominan el lenguaje técnico.
  2. Conservar el núcleo humano. Utilizar la tecnología para ampliar nuestras capacidades, no para reemplazar el juicio, la voz propia, la responsabilidad, la creatividad ni el encuentro personal. Hay tareas que pueden automatizarse; pero hay decisiones que, por su impacto sobre la vida de las personas, deben seguir siendo profundamente humanas.
  3. Practicar la transparencia. Explicar cuándo, cómo y para qué se utiliza inteligencia artificial, especialmente cuando interviene en contenidos, evaluaciones o decisiones que afectan a otras personas. La confianza no se construye ocultando la tecnología, sino utilizándola con honestidad.
  4. Proteger a las personas. Evitar la exposición innecesaria de datos, defender la intimidad y anticipar daños, sobre todo para quienes tienen menos recursos o menor capacidad de defenderse. La privacidad no es un detalle técnico: es parte de la libertad y de la dignidad humana.
  5. Exigir rendición de cuentas. Preguntar quién supervisa, quién puede corregir una decisión y qué mecanismo existe para reclamar cuando un sistema se equivoca. Detrás de todo algoritmo debe haber personas e instituciones dispuestas a asumir responsabilidad.
  6. Diseñar con justicia. Incorporar desde el inicio experiencias, realidades y miradas diversas. Evaluar a quién beneficia una herramienta, a quién podría perjudicar y qué consecuencias no previstas puede producir. La eficiencia no puede ser el único criterio para medir el éxito.
  7. Construir comunidad. Fortalecer los vínculos reales, la conversación, la escucha y las redes de apoyo. Frente a tecnologías capaces de simular cercanía, atención e incluso afecto, necesitamos proteger aquello que ninguna máquina puede ofrecer: presencia, reciprocidad, compromiso y cuidado verdadero.

La inteligencia artificial es una de las grandes pruebas morales de nuestra generación porque amplifica tensiones que ya estaban entre nosotros: la desigualdad, la manipulación, la desinformación, el aislamiento, la pérdida de confianza y la concentración del poder. Pero también puede ampliar el acceso al conocimiento, mejorar servicios, liberar tiempo y ayudarnos a encontrar respuestas para problemas humanos concretos. No se trata de temerla ni de idealizarla. Se trata de conducirla.

El resultado no está escrito. Dependerá de quienes diseñan, financian, regulan, enseñan y utilizan estas herramientas. Dependerá también de quienes se animen a detener una decisión, plantear una duda incómoda o recordar que no todo lo técnicamente posible es humanamente aceptable. En ese proceso, las mujeres no debemos limitarnos a ocupar un lugar en la transformación tecnológica: debemos contribuir a darle sentido.

Nuestra tarea será innovar sin perder el alma, utilizar la inteligencia artificial sin renunciar a la inteligencia humana, ejercer el poder sin abandonar el cuidado y buscar eficiencia sin olvidar la justicia. Será defender la verdad cuando resulte más fácil fabricar una mentira, proteger la dignidad cuando las personas sean reducidas a datos y preservar los vínculos humanos cuando una simulación parezca suficiente.

Fuentes de referencia

  1. Pontificia Academia para la Vida. Rome Call for AI Ethics. Roma, 28 de febrero de 2020. Texto oficial.
  2. Francisco. “Discurso en la sesión del G7 sobre inteligencia artificial”. Borgo Egnazia, Italia, 14 de junio de 2024. Texto oficial.
  3. Dicasterio para la Doctrina de la Fe y Dicasterio para la Cultura y la Educación. Antiqua et nova. Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. Roma, 28 de enero de 2025. Texto oficial.
  4. León XIV. “Custodiar voces y rostros humanos”. Mensaje para la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Vaticano, 24 de enero de 2026. Texto oficial.
  5. León XIV. Magnifica Humanitas. Carta encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Vaticano, 15 de mayo de 2026. Texto oficial.

Contributors

Lara Bersano Calot

Experta en Liderazgo Internacional, Autora y Estratega de Comunicación